Tratamos la “información” como si fuera estéril. Como si fuera agua que puedes verter en un disco duro. Preguntamos cuántos terabytes necesitamos, actuando como si los datos fueran simplemente un fluido etéreo, cuantificable y limpio.
No lo es.
Es más extraño. Más desordenado. Mucho más humano de lo que admitimos.
Cuando decimos “tecnología de la información”, nos imaginamos elegantes portátiles, códigos QR, ChatGPT o tal vez los polvorientos telégrafos de antaño. Imaginamos objetos. Máquinas. Canales. La información es el material líquido por el que se mueven estas cosas. Es una visión clínica. Uno que viene de Claude Shannon.
Shannon, el padre de la era de la información moderna, nos dio una definición tan precisa que parece una jaula. En su Teoría matemática de la comunicación de 1948, eliminó el significado. Para Shannon, la información no se trataba de lo que decía un mensaje. Se trataba de la fiabilidad con la que podía viajar a través de un canal ruidoso.
Le importaba la entropía. Incertidumbre.
Piénselo de esta manera: imagine tratar de adivinar una palabra de cinco letras usando solo preguntas de sí o no (o lanzamientos de monedas).
Tome “XQZJP”. Letras aleatorias. Sin patrones. Para adivinarlo, necesitarías alrededor de 4,7 lanzamientos por letra. 23,5 lanzamientos en total. Alta entropía. Alto costo. Alto ruido.
Ahora prueba con “LUZ”. Conoces las reglas del inglés. Si una palabra comienza con ‘l’, la siguiente letra probablemente sea ‘i’, no ‘b’ o ‘x’. No necesitas 23,5 conjeturas. Necesitas 1,5 por letra. 7,5 en total. Baja entropía. Previsible. Eficiente.
El genio de Shannon fue reducir el caos de la comunicación a esta matemática. Dio a los ingenieros las herramientas para crear cifrado, compresión y la columna vertebral de Internet. Cada transmisión, cada archivo, cada texto que envía depende de esas matemáticas para llegar intacto.
Pero al eliminar el desorden para llegar a cifras claras, la historia perdió algunas escenas.
Porque la tecnología de la información nunca estuvo limpia. Nunca lo será. Es viscoso. Es asqueroso. Es biológico.
Consideremos la invención del papel. Probablemente pienses en pulpa y maquinaria. Pero los primeros “hombres andrajosos” de la Edad Moderna recorrieron las ciudades europeas en busca de materia prima. ¿Qué buscaban? Ropa interior sucia.
Amontonaron en carros ropa de cama sucia incrustada y la transportaron a talleres junto al río. Allí, la ropa interior fue arrojada a cubas de lodo nocivo parecido a la avena. Grasa. Heces. Urea. Fibra. La mezcla fermentó durante días. Los trabajadores lo trituraron con cuchillos afilados hasta convertirlo en una porquería cremosa. Luego, lo vertieron en estructuras de alambre, extrayendo líquido y agregando grasa animal extraída.
Eso era papel.
Pensemos en la telegrafía. Imaginamos cables y máquinas de cobre. Pero antes de eso, hubo caminatas por la jungla. Los leñadores atravesaron densos matorrales para derribar árboles de veinticinco metros de altura. Sus troncos sangraban gutapercha, un bioplástico natural de origen malayo.
Los trabajadores de las fábricas tomaron esa sangre del bosque. Lo derramaron sobre cordones metálicos venosos y trenzados. Los enrollaron en carretes, los cargaron en barcos y los colocaron sobre el fondo del océano como cables de extensión hemisféricos. Una vasta red batimétrica que pulsaba con electricidad, transportando información sobre acciones y cartas de amor a la velocidad de la luz.
¿Radio? Comenzó con trabajadores extrayendo cristales en condiciones que rayaban la esclavitud. Refinado por magos que empuñan sierras de precisión. Luego, magos del cielo que midieron la atmósfera y calcularon cómo hacer rebotar las voces en las capas del cielo para alcanzar los cristales de las salas de estar.
¿Fonógrafos? Nace de las deposiciones incrustadas de la chinche Laccifer lacca. Aplastado. Purificado. Mezclado con una sustancia negra capaz de contener surcos tan complejos que la Piedra Rosetta parecería papel tapiz.
Claras de huevo. Cola de pescado. Pasta de harina. Hollín de vela. Esperma de ballena. Bandas de goma. Clips para carpetas. Registros óseos.
¿A dónde va la mierda cuando hablamos de información “limpia”? ¿Cómo nos convencimos de que los datos son sólo ceros y unos flotando en el vacío?
Shannon nos dio las matemáticas de la transmisión. Respondió cómo viajan los mensajes. Pero no preguntó cómo los humanos ponen la información en formación. ¿Cómo organizamos el significado de las cosas crudas, pegajosas y extrañas de la vida?
La respuesta está dondequiera que mires. En la tierra. En los bichos. En la inmundicia. La información no es estéril.
Está vivo.

















